Candidatos que no miden, intendentes preocupados y la debacle de la política tradicional

Candidatos que no miden, intendentes preocupados y la debacle de la política tradicional

La política atraviesa uno de sus momentos más desconectados de la realidad social de las últimas décadas. Mientras la crisis económica golpea con fuerza y la incertidumbre domina el humor colectivo, buena parte de la dirigencia parece mirar para otro lado. Los candidatos hablan, pero no escuchan; recorren, pero no interpretan. Y en ese vacío, lo que crece no es la esperanza, sino la desconfianza.

En los territorios, la preocupación es palpable. Los intendentes —históricos termómetros del humor social— ya no ocultan su inquietud. Ven cómo el enojo se acumula en los barrios, cómo la política pierde capacidad de contención y cómo las estructuras tradicionales empiezan a resquebrajarse. No hay épica, no hay narrativa convincente, no hay conducción clara. Hay, en cambio, una sensación de deriva.

En ese contexto, resulta llamativo el lugar que ocupa Axel Kicillof: o mejor dicho, el lugar que no ocupa. Sistemáticamente omitido en armados, discursos y proyecciones nacionales, su figura parece quedar en un limbo político. Sin embargo, tampoco logra consolidarse como una referencia que ordene o entusiasme. Está, pero no tracciona. Aparece, pero no gravita. Una paradoja que refleja, en buena medida, el desconcierto general del espacio al que pertenece.

Como si el escenario necesitara más señales de desorientación, irrumpen nombres inesperados. La aparición de Dante Gebel —más ligado al mundo religioso y comunicacional que a la política tradicional— genera ruido, pero no necesariamente construcción. Es, por ahora, una figura más cercana a lo anecdótico que a lo estructural. Su posible candidatura se mueve en el terreno de la duda: más incógnita que certeza. No parece surgir de una demanda social concreta, sino más bien de un experimento o de la búsqueda desesperada de algo distinto.

Y ahí está el núcleo del problema: la política tradicional ya no logra interpretar qué es “lo distinto” que la sociedad está pidiendo. Ensaya fórmulas, recicla nombres, prueba outsiders, pero sin una lectura profunda del momento histórico. Mientras tanto, el electorado se vuelve más volátil, más escéptico y menos dispuesto a acompañar sin convicción.

La debacle no es solo electoral; es conceptual. Se desdibujaron las identidades, se diluyeron los liderazgos y se agotaron los discursos. La política corre detrás de los hechos, cuando debería estar anticipándolos. Y en ese atraso, pierde relevancia.

Quizás el mayor riesgo no sea quién gana o quién pierde una elección, sino que cada vez más gente deje de creer que esa discusión importa. Cuando la política deja de ser vista como herramienta de transformación, pasa a ser percibida como un espectáculo ajeno. Y en ese punto, la crisis ya no es de representación: es de sentido.

Por: Willy Cantatore