Estados Unidos y la vieja receta de la intromisión
Una vez más, Estados Unidos apela a un libreto conocido: acusar a un país soberano de narcoterrorismo
Serca de la madrugada. Estados unidos bombardeo puntos militares en Venezuela y capturó a Nicolás Maduro y su esposa.
La historia reciente demuestra que estas acusaciones no son nuevas ni inocentes. Irak, Libia, Siria y Afganistán fueron señalados bajo distintos pretextos —armas de destrucción masiva, terrorismo, narcotráfico— que luego jamás pudieron ser comprobados. El resultado siempre fue el mismo: invasiones, sanciones, destrucción social y el saqueo de sus riquezas naturales.
En el caso venezolano, las acusaciones de narcoterrorismo funcionan como una herramienta de presión internacional. No buscan combatir el narcotráfico —problema que Estados Unidos arrastra puertas adentro desde hace décadas— sino deslegitimar a un gobierno elegido por su pueblo y abrir la puerta a una intervención directa o indirecta. Todo esto mientras se intenta justificar bloqueos económicos que castigan principalmente a la población civil.
Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del mundo, además de gas, oro y otros recursos estratégicos. No es casualidad que, cada vez que un país decide administrar soberanamente sus riquezas, sea inmediatamente señalado como una amenaza global. El verdadero objetivo no es la democracia ni la lucha contra el delito, sino el control geopolítico y económico.
América Latina ya conoce demasiado bien estas maniobras. Golpes blandos, operaciones mediáticas, sanciones financieras y campañas de demonización forman parte de una estrategia que busca someter a los pueblos que no se alinean con los intereses del poder imperial.
Defender la soberanía de Venezuela no implica negar sus problemas internos, sino rechazar con firmeza la injerencia extranjera y el uso de falsas acusaciones como excusa para intervenir países y apropiarse de sus recursos. La autodeterminación de los pueblos debe ser un principio irrenunciable, especialmente en una región históricamente castigada por el intervencionismo externo.